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Las empresas ya no contratan promedios

por Mundo Ejecutivo
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Sasha Klainer es director general del Colegio Bilbao, en la Ciudad de México, y especialista en innovación educativa y formación integral. Es, además, profesor de Derecho y ha desempeñado cargos directivos en la Secretaría de Salud federal. (LinkedIn: @Sasha Klainer)

Este 2026, 67 por ciento de los empleadores en México han reportado dificultades para cubrir sus vacantes. Pero el dato que debería ocuparnos es otro: cuando ManpowerGroup les preguntó qué competencias necesitaban, las cinco primeras fueron ética laboral; comunicación y trabajo en equipo; adaptabilidad y deseo de aprender; pensamiento crítico y resolución de problemas; y liderazgo.

Ninguna es una materia. Ninguna aparece en una boleta de calificaciones.

Durante décadas, familias y escuelas compartimos el acuerdo tácito de que una buena escuela era aquella con alto nivel académico. Programas cumplidos al pie de la letra, idiomas, tecnología y exámenes de opción múltiple que certificaban el aprendizaje. La admisión a los mejores esquemas académicos y profesionales era el premio natural del esfuerzo memorístico.

Hoy debo decirlo con claridad: ese modelo ya no alcanza. El nivel académico, tal como lo entendimos, no es la meta de la educación. Es apenas una fase necesaria, pero insuficiente, de un proceso mucho más profundo.

El mundo cambió; muchas escuelas, no

El mercado laboral se transformó de raíz. Las empresas ya no contratan repositorios de información: contratan personas capaces de resolver problemas que nadie ha resuelto antes, de colaborar en equipos diversos, de comunicar con claridad y de reinventarse cuando el contexto lo demande.

El Foro Económico Mundial calcula que 39 por ciento de las habilidades que hoy exige un puesto habrá cambiado para 2030, y que las dos competencias más valoradas por los empleadores son el pensamiento analítico y la resiliencia.

Las universidades más exigentes del mundo siguieron el mismo camino y sus procesos de admisión ponderan cada vez más el pensamiento crítico, el liderazgo, los proyectos personales y la evidencia de carácter, por encima del puntaje aislado en una prueba estandarizada.

Mientras tanto, demasiadas escuelas siguen conformándose con uniformes impecables e instalaciones limpias. Presumen indicadores superficiales (porcentajes de aprobación, listas de laureados, promedios inflados) que no miden lo que verdaderamente importa: las habilidades que abren puertas y resuelven problemas en el mundo real.

Seamos honestos: un examen de opción múltiple mide, en el mejor de los casos, la capacidad de retener y reconocer. No mide la capacidad de crear, de argumentar, de escuchar, de liderar, de levantarse después de un fracaso. Son esas capacidades las que hoy dictan el destino profesional y personal de nuestros egresados.

Preparar para el examen no es preparar para la vida

Aquí está la paradoja que más me interesa señalar: las escuelas volcadas en la admisión o la colocación no son las que mejor forman; lo son las que preparan para la vida. Quien está formado para la vida aprueba el examen como consecuencia; quien solo fue entrenado para el examen se queda sin recursos el día que la vida le presenta una pregunta que no venía en la guía.

He visto a alumnos brillantes en el papel paralizarse cuando la vida los saca de su zona de confort y ya no tienen al maestro llevándolos de la mano. Y he visto lo contrario: alumnos que enfrentan retos inéditos y, gracias a su confianza y a su carácter, destacan. Esa fortaleza rara vez aparece en una boleta, porque el saber es más fácil de medir que el hacer y el ser.

También he visto que quienes obtienen los mejores promedios no siempre son los más plenos: suelen serlo más quienes cultivaron un desarrollo equilibrado e integral.

Vivimos en una era en la que todos tenemos un mundo de información a un clic. Saber, en el sentido enciclopédico, dejó de ser un diferenciador. Lo que el mundo demanda hoy es creatividad, colaboración y un sello personal: una manera propia de pensar y de aportar. Las llamadas habilidades blandas resultaron ser las más duras de construir y las más decisivas de poseer.

Ampliar los verbos de la educación

Por eso sostengo que la tarea de nuestra generación de educadores es ampliar los verbos. La escuela del siglo pasado se conformaba con uno solo: saber. La de esta época debe conjugar al menos tres: saber, hacer y ser.

Saber sigue importando; el rigor intelectual es el punto de partida. Pero el conocimiento que no se convierte en acción es un archivo muerto: hay que hacer, aplicar, construir, emprender, equivocarse y corregir. Y por encima de todo está el ser: formar en valores es mucho más que transmitir conocimientos. Es forjar criterio, integridad, empatía y propósito.

¿Y qué significa formar el ser, en concreto? Significa formar personas que buscan ser la mejor versión de sí mismas, no la copia mejor calificada de alguien más. Personas que asumen responsabilidades y se colocan del lado de las soluciones, en lugar de conformarse con asignar culpas cuando advierten problemas. Personas que procuran ser una presencia positiva en su entorno: en su familia, en su equipo de trabajo, en su comunidad. Humanismo y sustentabilidad de la mano. Ese es el egresado que ninguna boleta de calificaciones registra y que toda empresa, y toda sociedad, necesita.

Las preguntas valen más que las respuestas

Si tuviera que resumir mi filosofía educativa en una sola frase, sería esta: me interesan más las preguntas de los alumnos que las respuestas de los maestros.

Una respuesta correcta demuestra que el alumno recorrió el camino que otro trazó. Una buena pregunta demuestra que está trazando el suyo. En el aula donde los estudiantes preguntan hay curiosidad, pensamiento propio, diversidad y contraste que empujan el progreso: hay futuro. En el aula donde solo se repiten respuestas hay silencio disfrazado de disciplina. Repetir es más cómodo; pero las familias y las escuelas que buscan esa comodidad se quedan tan incompletas como el mundo para el que dicen preparar a sus hijos.

El nuevo estándar de calidad educativa

Invito a los padres de familia y a mis colegas directivos a cambiar las preguntas y los indicadores con los que evaluamos una escuela. No preguntemos únicamente qué promedio obtienen sus alumnos o qué puntaje logran en los exámenes de admisión; preguntemos qué problemas son capaces de resolver. No preguntemos cuántos contenidos cubre el programa; preguntemos qué personas está formando. No midamos la educación por lo que los estudiantes memorizan hoy, sino por lo que serán capaces de crear, de aportar y de ser durante los próximos cincuenta años.

Lo digo como especialista, pero antes como padre: la educación que quiero para mis hijos va mucho más allá de lo académico. La educación de esta era es educación para la vida, no para el ingreso o la selección.

El nivel académico fue el estándar de una época que ya terminó. El de esta época es más ambicioso y más humano: formar personas completas para un mundo incompleto y en constante movimiento. Esa es la verdadera calidad educativa. Y esa es la escuela que nuestros hijos merecen.

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