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Huachicol, cuando el delito no es “grave”,  la impunidad se legisla

por El Consejero
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Huachicol, cuando el delito no es “grave”,  la impunidad se legisla

El combate al huachicol en México padece de una falla de origen que trasciende la falta de voluntad política: el propio marco legal ha construido históricamente un laberinto de tolerancia donde el robo de combustible, en la práctica y en sus modalidades más lucrativas, no siempre se castiga con el rigor de un delito verdaderamente grave.

A pesar de las reformas constitucionales que elevaron los delitos en materia de hidrocarburos a la categoría de prisión preventiva oficiosa, la arquitectura jurídica, procesal y fiscal sigue plagada de resquicios que permiten a los verdaderos operadores de cuello blanco eludir la cárcel.

Durante años, el andamiaje penal trató al robo de combustible como un delito patrimonial menor o un contrabando ordinario, facilitando que los imputados enfrentaran sus procesos en libertad bajo caución. Aunque hoy en día la Ley Federal para Prevenir y Sancionar los Delitos Cometidos en Materia de Hidrocarburos (LFPSDMH) contempla penas severas en el papel, de hasta 30 años de prisión para la sustracción directa, en los hechos la ley actúa con severidad contra el eslabón débil y muestra una condescendencia sistemática ante las redes corporativas y financieras.

El “huachicol fiscal”, la importación ilegal y masiva de combustibles por aduanas bajo complicidad institucional, suele reclasificarse frecuentemente como contrabando simple o defraudación fiscal. Al tipificarse de esta manera, los desvíos millonarios quedan sujetos a criterios alternativos de solución de controversias, acuerdos reparatorios o pagos de multas irrisorias frente a las millonarias ganancias ilícitas obtenidas. Así, la ley prioriza la recaudación o el perdón administrativo sobre la persecución penal efectiva, convirtiendo el delito grave en un mero riesgo de negocio para los grandes empresarios y funcionarios corruptos.

Por otro lado, que un delito sea formalmente grave no sirve de nada si las fiscalías integran carpetas de investigación deliberadamente débiles o plagadas de pifias jurídicas.

Los verdaderos dueños del combustible robado o contrabandeado operan detrás de una maraña de prestanombres, notarías cómplices y empresas fantasma. Cuando las autoridades realizan operativos, rara vez alcanzan a embargar las cuentas bancarias o a asegurar los bienes raíces de los beneficiarios finales.

Las deficiencias técnicas de los ministerios públicos, muchas veces simuladas de forma intencional, permiten que jueces federales decreten la libertad de políticos, empresarios y mandos de Pemex bajo el argumento de una “detención ilegal” o pruebas insuficientes.

La imperfección del marco legal no es un accidente legislativo; es el reflejo de un sistema diseñado para protegerse a sí mismo. Cuando un funcionario de alto nivel en Pemex, un aduanero o un alcalde facilitan el paso de pipas nodrizas, la ley procesal actual dificulta fincarles responsabilidades directas por delincuencia organizada, prefiriendo acusarlos por omisión o ejercicio indebido de funciones, delitos que permiten enfrentar el juicio fuera de prisión o librar penas mínimas.

Mientras el marco legal mexicano siga tratando el huachicol como un problema de fugas en ductos y no como una red de delincuencia corporativa y de Estado, las leyes serán un tigre de papel. El combate al robo de combustibles seguirá siendo un espectáculo mediático de detenciones menores, mientras los peces gordos disfrutan de los vacíos de una legislación hecha a la medida de la impunidad.

La filtración en Aeroméxico

La reciente confirmación de una filtración masiva de datos personales que afecta a millones de usuarios de Aeroméxico, derivada de un ciberataque internacional ocurrido originalmente en plataformas de terceros y ventilada en canales de mensajería, vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda: en la era digital, la privacidad de los ciudadanos en México es un espejismo y las grandes corporaciones operan con una preocupante laxitud en materia de ciberseguridad.

Si bien la aerolínea ha salido al paso para aclarar que no se comprometieron datos financieros, contraseñas o itinerarios de vuelo directos, intentar minimizar el problema bajo el argumento de que “solo” se filtraron nombres, teléfonos, correos electrónicos y fechas de nacimiento es una afrenta a la confianza de los consumidores.

Tratar los datos personales como mercancía de segunda categoría revela una desconexión total con la realidad del delito cibernético actual. Una base de datos con millones de registros que vincula nombres, números telefónicos y correos electrónicos de ciudadanos, incluyendo a servidores públicos y figuras de relevancia nacional, es el combustible perfecto para la industria del fraude, provocando la extorsión, la suplantación de personalidad o incluso rompiendo la cadena de seguridad, al grado de comprometer la seguridad del usuario.

Lo alarmante de este caso no es solo la vulnerabilidad informática descubierta, sino los tiempos y los modos de la respuesta. Que una filtración gestada en periodos previos resurgiera con fuerza en plataformas públicas sin que los usuarios fueran notificados de manera oportuna, transparente y preventiva demuestra que los protocolos de contención y aviso a la ciudadanía en México siguen siendo reactivos y opacos.

Las autoridades de control y fiscalización gubernamental han comenzado a indagar de oficio, pero el Estado mexicano históricamente carece de dientes para sancionar de manera ejemplar a las empresas que fallan en la custodia de los datos personales. Las multas suelen ser irrisorias frente a los beneficios corporativos de descuidar la infraestructura digital.

El hackeo a los registros vinculados con Aeroméxico debe interpretarse como una llamada de atención urgente. La seguridad de la información ya no es un asunto técnico reservado para departamentos de sistemas; es un derecho humano básico y un pilar de la seguridad nacional.

Las empresas que manejan datos masivos deben entender que su responsabilidad no termina en la puerta de sus servidores, y el Estado mexicano urge de un marco regulatorio y punitivo mucho más severo que castigue la negligencia digital antes de que los ciudadanos sigan pagando el precio de la vulnerabilidad corporativa. Nuevamente, el usuario viviendo en la indefensión.

Diésel como apuesta electoral de EU

Abordado en la sede de la ONU sobre la propuesta de varios legisladores de suspender la exportación de diésel, el presidente Donald Trump se manifestó a favor de ello: “Dije: ‘No envíen el diésel fuera’. Producimos mucho diésel. Podría tener un pequeño efecto”.

La postura de Trump es resultado de la política electoral. Su índice de aprobación ha caído a un mínimo histórico del 32%, y solo el 17% de los encuestados aprueba su gestión del costo de vida y hay un gran descontento con la situación económica. El precio del diésel se ha disparado hasta alcanzar la cifra récord de 6.51 dólares por galón, cuando hace un año estaba a 3.7 dólares.

El costo del diésel es un factor multiplicador de la inflación, pues impacta en camiones, maquinaria, agricultura, construcción y la mayor parte de las cadenas logísticas. Bajo esta presión, prohibir la exportación del combustible es una solución política que demuestra determinación ante los votantes.

Los “beneficios” de la prohibición obedecen a una lógica simplista: Estados Unidos exporta alrededor de 1.6 millones de barriles de diésel diarios; si ese volumen se retuviera, la oferta aumentaría y los precios bajarían. Sin embargo, el problema radica en que el diésel y la gasolina se producen juntos; reducir la producción de diésel implica recortar la de gasolina, y el precio de esta última es un tema igualmente sensible para los votantes.

Además, de acuerdo a S&P Global Energy, si se prohibieran las exportaciones, las refinerías estadounidenses tendrían que reducir los volúmenes de procesamiento de crudo en casi 2 millones de barriles diarios para absorber el excedente de diésel. Esto quiere decir que, lejos de aumentar la oferta, una prohibición provocaría una contracción de la capacidad de refinación y la pérdida de empleos en el sector. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha reconocido que restringir las exportaciones “también podría afectar el suministro de gasolina”, lo cual evidencia que no a todos en Washington les parece una buena idea.

Si Estados Unidos interrumpiera las exportaciones, varios países, entre ellos México, se verían obligados a buscar suministros con urgencia en otros mercados, lo que elevaría los precios mundiales del diésel. Mientras tanto, las refinerías estadounidenses, al perder mercados de exportación, enfrentarían márgenes de ganancia reducidos.

En México la retórica populista no está muy lejana a la de Trump. Cuestionada al respecto, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que el país es “autosuficiente en la producción de diésel”. La realidad es que, aunque la producción de diésel ha alcanzado su nivel más alto en los últimos diez años, las importaciones siguen representando cerca del 38 % del consumo interno.

En un escenario de cierre de exportaciones, el sistema de control de precios al diésel no tiene margen, pues su precio se topó en 27 pesos por litro mediante la aplicación de una exención del 100 % del IEPS.

Desde un punto de vista estrictamente económico, una prohibición es una mala idea, pero desde una perspectiva electoral sigue siendo una posibilidad tentadora para Trump, aunque sea de unos días. Más valdría ir sondeando gestionar exenciones antes de que entre en vigor cualquier prohibición, acelerar la capacidad de refinación y prepararse para el impacto en el tope al precio de los combustibles.

PyMes buscan movilidad sin comprometer liquidez

La movilidad empresarial está dejando de ser un gasto asociado únicamente a la compra de activos para convertirse en una decisión financiera que puede impactar directamente la liquidez de las pequeñas y medianas empresas.

Para una PyMe, disponer de vehículos para vendedores, técnicos, supervisores o personal operativo puede ser indispensable para generar ingresos, pero destinar una parte importante del capital a unidades nuevas también implica asumir la depreciación y limitar recursos que podrían destinarse a otras áreas del negocio.

En este contexto, el arrendamiento de autos seminuevos comienza a tomar relevancia como una alternativa para acceder a movilidad con un menor desembolso.

El modelo cobra mayor sentido cuando se considera que un vehículo con algunos años de uso puede cumplir la misma función operativa que uno nuevo, pero con un costo de acceso menor. WAHU, fintech y autotech mexicana, plantea precisamente esta combinación de financiamiento y movilidad mediante autos seminuevos certificados y garantizados, con un esquema que busca adaptarse a los cambios en los flujos de efectivo de las empresas.

Su propuesta incorpora, además, una característica poco habitual en los arrendamientos tradicionales: la posibilidad de cancelar el contrato o comprar el vehículo desde el primer mes, lo que permite ajustar la decisión financiera conforme evolucione el negocio.

Para Rodrigo de la Piedra, CEO de WAHU, el reto está en que las PyMes puedan utilizar sus recursos donde generen mayor rendimiento sin quedar atadas a compromisos de largo plazo cuando sus necesidades cambian. Con 246 mil 68 PyMes que emplean alrededor de 8.4 millones de personas, según los Censos Económicos 2024 del INEGI, existe un mercado amplio para soluciones financieras que no se limiten a ofrecer un vehículo, sino que incorporen flexibilidad, costo y capacidad de adaptación.

La evolución del financiamiento automotriz para este segmento podría estar precisamente en modelos que entiendan que, para una empresa, el automóvil no es un bien de consumo, sino una herramienta productiva.

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