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Trump al rescate de Guerrero

por El Consejero
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Donald Trump al rescate de Guerrero

Dicen que en Guerrero, cuando no pasa nada, tiembla. El estado es uno de los más complejos del país en los campos político, social, económico y delictivo, con frecuencia traslapados. En este último, por lo menos se tienen identificados 17 grupos delictivos que operan en la entidad, varios de ellos originados en la fragmentación que sufrió la organización de los Beltrán Leyva, la cual controlaba Guerrero y Morelos.

Estos grupos se dedican a actividades ilícitas como producción y trasiego de drogas, narcomenudeo, extorsión, derecho de piso, robo de mercancía, acaparamiento de mercados, homicidios, secuestros, tráfico de armas, entre otros. Asimismo, algunos de ellos tienen control o participación en administraciones municipales, grupos sociales y de las llamadas policías comunitarias e, importante, tienen vínculos de origen o familiares con las zonas en las que operan, de ahí también su atomización y expansión limitada.

En este contexto, la semana pasada se registraron enfrentamientos en el municipio de Chilapa de Álvarez, en la región Centro del estado, a escasos 54 kilómetros de Chilpancingo, entre los grupos delictivos conocidos como los Ardillos y los Tlacos, provocando el desplazamiento de pobladores de tres comunidades. En redes sociales se difundieron mensajes de algunas de estas personas pidiendo ayuda a ¡Donald Trump! para que actúe contra los Ardillos.

Curiosamente, entre las organizaciones narcoterroristas designadas por el gobierno estadounidense, no se encuentra ninguna originaria de Guerrero, probablemente por su alta fragmentación y no haber evidencia de que se dediquen a la producción de fentanilo, pero sí de drogas sintéticas, mariguana y opio, además de que incluso tienen detenidos a integrantes de Guerreros Unidos vinculados con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa en Iguala en 2014, por el tráfico de heroína a Estados Unidos.

Volviendo a los vínculos regionales de estos grupos, es una de las caracterísitcas por las que, como lo fue en este reciente caso de Chilapa, además de la intervención de la Guardia Nacional, Ejército y policías estatales, fue necesaria la participación de la Secretaría de Gobernación y de la Secretaría de Gobierno del estado. Dichas instancias establecieron mesas con los grupos en conflicto para negociar acuerdos entre los brazos políticos de ambos grupos -se dice que se trata de una disputa por el presupuesto municipal-, y poner orden en la zona en circunstancias en las que el solo uso de la fuerza y aplicación de la ley no resuelven una problemática social tan profunda y complicada, que ni Trump, menos él, puede resolver, entender y menos interesarse en ello.

Trump en China: un choque calculado

La estampa es precisa: Donald Trump entrando a Beijing entre ceremonias oficiales, saludos cordiales y reuniones destinadas a estabilizar la relación económica más importante del planeta. Hace apenas unos meses una escena así parecía difícil de imaginar; durante años el hoy presidente de Estados Unidos construyó buena parte de su discurso político alrededor de China: acusaciones de competencia desleal, amenazas arancelarias, restricciones tecnológicas y llamados a reducir la dependencia industrial de la nación asiática.

La realidad terminó imponiendo límites al choque frontal. Estados Unidos y China representan juntos el 43% del PIB mundial y mantienen un intercambio comercial de 575 mil millones de dólares al año. Romper esa relación de manera abrupta nunca fue verdaderamente viable.

La visita ocurre en un contexto delicado para ambas potencias. China enfrenta una desaceleración económica persistente, crisis inmobiliaria y menor dinamismo exportador. Estados Unidos, por su parte, lidia con una inflación estructural, presiones sobre cadenas de suministro y un creciente desgaste fiscal. A ello se suma la tensión energética global derivada de Medio Oriente y la incertidumbre financiera internacional. En ese sentido, la gira de Trump parece más pragmática y menos ideológica: evitar que la rivalidad económica derive en un daño costoso para ambos.

El tono de los encuentros ha sido particularmente revelador: Xi Jinping recibió a Trump con todos los símbolos de una visita estratégica de alto nivel, mientras el mandatario norteamericano dejó de lado temporalmente el lenguaje confrontativo que caracterizó buena parte de su narrativa política. No significa que las tensiones se hayan esfumado.

Taiwán, semiconductores, inteligencia artificial y control tecnológico siguen siendo puntos de conflicto enormes. Lo que parece estar construyéndose es otra cosa: una competencia gestionada. Una relación en la que ambos gobiernos aceptan que seguirán disputándose poder global, pero evitando un choque económico total.

En esta redefinición México ocupa un papel central. Durante los últimos años se convirtió en uno de los beneficiarios potenciales del distanciamiento entre Washington y Beijing. El llamado nearshoring atrajo inversiones, plantas manufactureras y nuevas cadenas de suministro hacia este lado de la frontera. Pero la imagen de Trump en China también manda un mensaje importante: Estados Unidos no busca un divorcio del país asiático. Para México eso significa un reto complejo. La oportunidad sigue abierta, pero ya no dependerá únicamente de la rivalidad entre las dos potencias, sino de la capacidad mexicana para resolver sus propios límites internos: electricidad insuficiente, presión hídrica, inseguridad, saturación logística e incertidumbre regulatoria.

En conclusión, mientras Washington y Beijing negocian sin destruirse mutuamente, México corre el riesgo de descubrir que la principal amenaza no está fuera de sus fronteras sino en sus propias limitaciones.

La gran fiesta en una casa desordenada

A escasas semanas de para inaugurar el tercer Mundial en suelo mexicano, la emoción futbolera convive con una sombra de duda que no se despeja ni con el mejor gol: ¿estamos realmente preparados? A diferencia de 1970 y 1986, donde México se presentó como un anfitrión robusto, la edición de 2026 nos encuentra atrapados en la paradoja de la gran vitrina con la infraestructura a medias.

Durante años, la narrativa oficial se centró en la “austeridad republicana” y en proyectos de nación que, legítimos o no, miraron hacia otro lado mientras el reloj del Mundial avanzaba. Hoy, con los dedos en la puerta, el Gobierno de México y las administraciones locales de las tres sedes, CDMX, Guadalajara y Monterrey, se han lanzado a una carrera frenética por maquillar carencias que requerían de una planificación transexenal, no de parches de última hora.

Se han anunciado inversiones que suenan rimbombantes: miles de millones de pesos para movilidad, el estreno de trenes como “El Ajolote” en el Tren Ligero capitalino y renovaciones en los sistemas de Metro. Sin embargo, para el ciudadano de a pie, la sensación es que estas obras son apenas un suspiro frente al colapso cotidiano. La inversión federal de aproximadamente 2,000 millones de pesos por sede parece una propina si se compara con los desafíos de una infraestructura que ha sufrido años de mantenimiento diferido y falta de modernización tecnológica.

El reto no es solo mover a los millones de aficionados que llegarán con dólares y euros, sino evitar que la ciudad se detenga para quienes viven en ella. Mientras Monterrey presume expansiones en su Metro y Guadalajara ajusta sus líneas eléctricas, el centro neurálgico del torneo —la Ciudad de México— sigue lidiando con el AICM.

Se nos dice que estas obras son “permanentes”, pero la crítica de especialistas y ciudadanos es unánime: la reacción ha sido tardía. Se apostó por la improvisación sobre la estrategia. En lugar de aprovechar el Mundial como el gran catalizador para una transformación digital y de servicios de primer mundo, parece que nos conformamos con que los baches no se noten demasiado bajo los reflectores de la FIFA.

México es un anfitrión nato, de eso no hay duda. El carisma y la calidez del mexicano compensarán muchas de las fallas logísticas. Pero en un mundo hiperconectado donde cada retraso en el transporte y cada falla en los servicios se convierte en un meme global, la “insuficiente inversión” podría costarnos más que dinero: podría costarnos el prestigio de ser esa potencia emergente que el mundo espera ver.

Ojalá que, al final, el entusiasmo por el fútbol logre ocultar que, una vez más, dejamos para el último minuto la tarea de arreglar la casa.

Empleos temporales: entre la desconfianza y la oportunidad

La temporalidad laboral suele analizarse desde la estadística, pero pocas veces desde lo que revela sobre el estado de ánimo del mercado. Mientras México vive un momento de alta demanda operativa en sectores como servicios, logística, hospitalidad y retail, impulsado además por la preparación rumbo al Mundial 2026, las vacantes temporales crecen, aunque no necesariamente ganando prestigio.

El “Termómetro Laboral” de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, refleja una paradoja interesante: 56% de los trabajadores no está dispuesto a postularse a empleos temporales, aun cuando el contexto económico exige mayor flexibilidad y las empresas necesitan cubrir picos de operación con rapidez.

La cifra habla menos del empleo temporal en sí y más de la percepción que todavía existe alrededor de él: incertidumbre, falta de estabilidad y una sensación de “trabajo provisional” que muchos profesionistas siguen asociando con menor valor profesional.

Sin embargo, detrás de esa resistencia hay otra lectura más profunda: 65% de quienes sí toman un empleo temporal lo hacen para demostrar que pueden conseguir un contrato permanente. Es decir, para muchos candidatos, estos puestos representan una puerta de entrada, porque entienden que el empleo temporal puede convertirse en una vitrina de talento, desempeño y adaptación, lo que explica por qué, especialmente entre los jóvenes, empieza a cambiar la conversación sobre la temporalidad: ya no se percibe como precariedad, sino como una etapa estratégica en una trayectoria profesional.

El fenómeno también refleja una transformación estructural del empleo en México. Las empresas están operando en un entorno más volátil, donde la demanda cambia por temporadas, eventos masivos, consumo digital y ciclos económicos acelerados. En ese contexto, la temporalidad dejó de ser una solución de emergencia para convertirse en una herramienta de flexibilidad organizacional.

El problema aparece cuando las compañías gestionan estos empleos con una visión de corto plazo, porque si el trabajador temporal se siente descartable, desconectado o sin posibilidad de crecimiento, la rotación aumenta, pero cuando las organizaciones entienden estos puestos como espacios de detección de talento y formación, el empleo temporal puede convertirse en un canal efectivo de reclutamiento y fidelización.

La discusión de fondo no debería centrarse en si el trabajo temporal “vale menos” que uno fijo. Trabajo es trabajo. Lo relevante es preguntarnos qué tan dignas, competitivas y sostenibles son esas oportunidades.

En un momento donde México necesitará miles de trabajadores para atender proyectos de infraestructura, turismo, logística y servicios vinculados a eventos internacionales y a la propia reconfiguración económica del país, las vacantes temporales pueden convertirse en un termómetro de inclusión laboral, movilidad y acceso a experiencia profesional.

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