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Andy y su visa: más que un NRDA

por El Consejero
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Andy y su visa: más que un NRDA

La noche del jueves, Andrés Manuel López Beltrán publicó una carta en sus redes sociales donde da a conocer que el gobierno estadounidense le había retirado su visa, sin precisar desde cuándo, probablemente adelantándose a que la noticia se diera a conocer en exclusiva por otros medios y circularan rumores. Hasta ahí todo hubiera sido un buen inicio de control de daños. Sin embargo, tiene el detalle de que no está dirigida a la opinión pública, sino a Donald Trump.

Para resumir, en el texto responsabiliza al secretario de Estado, Marco Rubio, y al subsecretario Christopher Landau de la revocación, asegurando que se trata de una decisión politiquera, propagandística “al estilo hitleriano” de parte de quienes actúan como jefes de pandilla y un largo etcétera nada halagüeño para el país vecino; dice que no hay pruebas en su contra de actos delictivos ni inmorales y, lo hilarante, se siente con toda la autoridad para pedirle a Trump que le responda si estaba enterado de ello, si no le parece un acto prepotente y, ya inspirado, pide que destituya a los funcionarios citados si no estaba enterado de lo sucedido y, de paso, rectifique en su política.

Pareciera que le hackearon la cuenta de Instagram o que la carta la escribió su padre, quien a principios de junio pasado hizo público un texto titulado “Por el bien de todos, que regrese el otro Trump”, el cual no mereció respuesta ni de un funcionario de medio nivel de la embajada estadounidense ¿Qué hace pensar a Andy que Trump le va a contestar y, además, va a hacerle caso? ¿Quién es Andy además de ser hijo de su padre para plantearle disyuntivas al presidente estadounidense? Ni siquiera ostenta cargo partidista ni en el gobierno ni, para su preocupación y desgracia, fuero alguno.

Pero la principal pregunta es ¿Por qué le quitaron la visa a Andy? Si el no lo quiere decir y lo atribuye -como Rocha Moya- a un ataque a Morena y la 4T, probablemente el tono insultante de su carta lleve a que el gobierno de Estados Unidos revele las razones de haberle revocado un beneficio migratorio que está a su discreción otorgar, negar o retirar, sin explicación alguna.

Hay dos cosas que son ciertas: la primera, la administración Trump encabeza una campaña contra los gobiernos de izquierda en el continente; la segunda, la relación de funcionarios y políticos mexicanos con organizaciones criminales y actos de corrupción. Las recientes advertencias de autoridades estadounidenses han sido reiteradas respecto a ir en contra de ellos sin importar título, cargo o conexión política. Ya no hay duda: Andy está en la lista.

¿Habrá congelamiento de cuentas a Andy por parte del Tesoro estadounidense y la acción espejo en México por la UIF? ¿Vendrá una acusación penal formal con la respectiva solicitud de aprehensión con fines de extradición? ¿Qué más vendrá antes de las elecciones intermedias de 2027?

Desafortunadamente, el antecedente de Rocha Moya lleva a pensar que Sheinbaum va a defender al hijo de AMLO con los mismos argumentos, no solo para ganar tiempo, sino para proteger a su antecesor, optando por la victimización a niveles de martirologio, a un costo cada vez más alto para Morena, su administración y para México. Y no necesariamente en ese orden.

Peso fuerte: entre la realidad y la ficción

Inicia la semana con un peso fuerte, tras un cierre que el viernes rompió el piso psicológico de las 17 unidades por dólar y logró encadenar varias jornadas de ganancias. A primera vista parece una buena noticia: las importaciones cuestan menos, viajar al extranjero resulta más barato y los bienes cuyo precio depende del dólar reciben un alivio. Pero detrás de un peso fuerte hay algo más que una moneda apreciada. México sigue ofreciendo rendimientos elevados frente a otras economías y eso atrae capitales que buscan aprovechar la diferencia de tasas y, mientras sea posible, la propia apreciación del peso. La pregunta es cuánta de esa fortaleza pertenece a la economía real y cuánto al dinero que encuentra rentable estar aquí.

Los primeros beneficiados son los consumidores y las empresas importadoras. Una compañía que compra maquinaria, tecnología, componentes o combustibles en dólares puede adquirirlos con menos pesos. También se favorece al gobierno al reducirse, en términos de moneda nacional, el costo de algunas obligaciones externas. Y hay un efecto adicional: un peso apreciado ayuda a contener el precio de mercancías importadas y puede contribuir a moderar la inflación. El problema es que la misma moneda que abarata lo que México compra puede reducir, en términos relativos, el valor de lo que México vende y presionar los márgenes de algunos exportadores.

También hay perdedores. Un exportador que cobra en dólares pero paga buena parte de sus costos en pesos, recibe menos moneda nacional por cada dólar. Lo mismo ocurre con productores mexicanos que compiten contra mercancías importadas más baratas. Una empresa automotriz que trae componentes del exterior puede beneficiarse del peso fuerte, mientras un fabricante nacional que compite con esos productos puede enfrentar mayor presión. El tipo de cambio, por tanto, no reparte beneficios de manera uniforme: favorece al consumidor y al importador, pero puede comprimir los márgenes del exportador.

Y hay un tercer componente: el capital financiero. Cuando un inversionista puede obtener un rendimiento atractivo en instrumentos mexicanos y, además, apostar por un peso estable o en apreciación, la operación se vuelve especialmente rentable. Es el conocido carry trade. No todo ese dinero merece el calificativo de “capital golondrino”, pero una parte sí puede comportarse así: entra mientras el rendimiento compensa el riesgo y puede salir con rapidez cuando cambian las condiciones. El peligro no es que esos capitales existan, sino confundir su permanencia con una señal inequívoca de fortaleza económica.

México ya conoce esa historia. La crisis de 1994 dejó una de las lecciones más dolorosas: durante los años previos entraron grandes cantidades de recursos financieros, muchos de ellos de corto plazo y sensibles al cambio de expectativas. Cuando la confianza se rompió, la salida de capitales agravó la crisis cambiaria. Hoy las condiciones son muy diferentes: hay un régimen de flotación, un banco central autónomo, mayores reservas internacionales y un sistema financiero mucho más sólido. No estamos ante la repetición de un escenario como el de 1994. Pero tampoco conviene olvidar que el dinero financiero puede cambiar de dirección con mucho mayor velocidad que una fábrica.

No es un fenómeno estrictamente mexicano. Brasil, Colombia y otras economías emergentes también han visto sus monedas apoyadas por tasas de interés relativamente altas y flujos de capital que buscan rendimiento. En sentido contrario, Japón ha padecido durante años la otra cara de la moneda: tasas bajas que convierten al yen en una fuente de financiamiento para operaciones de carry trade. Cuando cambian las expectativas sobre las tasas, esos flujos pueden deshacerse rápidamente y provocar movimientos bruscos en los mercados. La competencia global, en buena medida, también es una competencia por atraer y retener dinero.

Así que no nos engañemos. Un peso de 17 por dólar no debe interpretarse automáticamente como una medalla para la economía mexicana. Es una ventaja para quien compra dólares y una presión para quienes los generan; beneficia al consumidor, pero puede castigar al exportador; ayuda a la inflación, pero puede restar competitividad. Y, sobre todo, obliga a distinguir entre capital que viene a construir y capital que viene a obtener rendimiento. El primero deja plantas, empleos y capacidad productiva. El segundo puede desaparecer cuando el viento cambia de dirección.

La pregunta obligada no es si queremos un peso fuerte. Es cuánto de esa fortaleza proviene de México y cuánto del dinero, que por ahora, todavía considera rentable quedarse.

El algoritmo no sustituye a la estrategia

Vivimos en la era del algoritmo. Descubrimos qué película ver, qué restaurante visitar e incluso qué comprar gracias a recomendaciones automatizadas. Sin embargo, cuando se trata de una decisión tan trascendente como encontrar empleo, los trabajadores parecen enviar un mensaje distinto: la tecnología ayuda, pero no reemplaza una búsqueda estructurada.

Los resultados del Termómetro Laboral de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, muestran que prácticamente la mitad de los trabajadores identifica oportunidades en sitios especializados de empleo, mientras que las redes sociales cumplen un papel complementario. Más revelador aún es que seis de cada diez personas llegan a las vacantes mediante una búsqueda activa y no por lo que el algoritmo decide mostrarles. En otras palabras, el talento no está esperando a que las oportunidades aparezcan en su pantalla, salen a buscarlas.

Esta tendencia refleja una madurez del mercado laboral, porque hoy los candidatos entienden que cada canal cumple una función distinta: las plataformas especializadas permiten encontrar vacantes acordes con su experiencia y postularse de manera más eficiente, mientras que las redes sociales fortalecen la marca personal, el networking y el acceso a información del mercado. La búsqueda de empleo dejó de ser un proceso lineal para convertirse en una estrategia que combina herramientas, contactos y presencia digital.

La lectura también es relevante para las empresas: En un entorno donde atraer talento es cada vez más competitivo, ya no basta con publicar una vacante o confiar en el alcance de las redes sociales. Los empleadores necesitan construir una presencia consistente en todos los espacios donde hoy se mueve el talento; al final, la verdadera transformación del mercado laboral no consiste en que un algoritmo encuentre al candidato ideal, sino en entender que la tecnología es más valiosa cuando amplía las posibilidades de las personas, no cuando pretende decidir por ellas.

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