La política exterior de Donald Trump empieza a ser demasiado consistente como para ser casual. Primero Venezuela, luego Irán y ahora Cuba. Lo que parecían piezas aisladas empieza a verse como las partes de un rompecabezas con una lógica bien definida: presionar donde el costo es manejable con impacto visible y mensaje replicable.
En Venezuela se trataba de golpear a un régimen vulnerable sobre un activo estratégico –el petróleo– y forzar un desgaste acelerado. En Irán, el cálculo fue distinto: un actor con mayor peso global, donde la presión se justificó en términos de seguridad y equilibrio regional, permitiendo escalar sin entrar directamente en una confrontación abierta. Con Cuba, el movimiento retorna al hemisferio, pero con una intención más profunda: reafirmar el control de su entorno inmediato.
Una serie de movimientos que parecen proyectar una versión multidimensional de la Doctrina Monroe: el hemisferio como espacio de influencia directa, donde la presencia de actores externos no solo es incómoda sino inaceptable. Ya no se expresa en términos narrativos, sino a través de instrumentos económicos, financieros y energéticos.
Lo que está ocurriendo en Cuba va más allá del embargo tradicional. Es una estrategia sofisticada y más agresiva: sanciones extraterritoriales que alcanzan a terceros países, presión financiera para cerrar canales de operación y un cerco energético que golpea al punto más vulnerable de la economía. No se trata solo de debilitar al régimen, sino de reducir al mínimo su margen de maniobra y, al mismo tiempo, elevar el costo para cualquier actor que intente sostenerlo.
Cuba se convierte así en un punto de fricción en la competencia global. Limitar su utilidad como nodo para Rusia y China es parte de la estrategia. La presión, por tanto, no es únicamente bilateral; es un mensaje extendido a todo actor que busque mantener o ampliar su presencia en el Caribe.
Hasta ahora, los efectos han sido contundentes en el plano económico. La crisis energética se ha profundizado, el turismo se ha debilitado y la escasez se ha vuelto más visible. La presión funciona en términos de desgaste. Pero ese desgaste no se ha visto reflejado en un quiebre político. El sistema se mantiene e incluso en algunos aspectos se ha endurecido.
En ese contexto, la afirmación de que “después de Irán sigue Cuba” -e incluso la insinuación de que Estados Unidos podría “tomar el control de la isla” deben tomarse con cuidado. No es necesariamente la antesala de una intervención militar. Los costos de una acción directa serían demasiado altos: implicarían no solo una operación compleja, sino un impacto significativo para América Latina y riesgos de escalada en un entorno internacional ya de por sí tenso.
Dada la vocación de Trump, cabría preguntarse quién sigue. Por sus características —menos costo político, alineamiento incómodo y capacidad limitada de resistencia— Nicaragua sería el caso más evidente; sin embargo, lo más probable es que el siguiente movimiento no sea un frente visible, sino una profundización del mismo esquema. Expansión del cerco: sanciones a terceros países, presión sobre empresas, restricciones financieras más amplias, aislamiento progresivo. No necesariamente abrir otro conflicto, sino cerrar todos los espacios posibles en los que los actuales pueden sostenerse.
Solo Trump lo sabe, tal vez su más pequeño círculo de colaboradores. Mucho de lo que acontecerá en el futuro, por lo pronto, se encuentra alojado en esas mentes.
Arqueología, ingeniería y el hundimiento de la CDMX
La semana pasada, un satélite de la NASA especializado en cartografiar la superficie terrestre, confirmó hundimientos superiores a 2 centímetros por mes en diversas zonas de la Ciudad de México. Lo que es noticia para el mundo, es algo sabido y estudiado en detalle desde hace un siglo en nuestro país por varias instituciones, entre ellas el Colegio de Ingenieros Civiles de México. Nuevas tecnologías como la aplicada por la NASA permiten seguir analizando a detalle uno de los procesos de hundimiento diferencial de una ciudad más severos del mundo.
El hundimiento de la Ciudad de México, identificado desde 1925, se ha intensificado con el crecimiento urbano y la extracción excesiva del agua subterránea, encontrándose que en algunas zonas de la Ciudad el terreno ha descendido hasta 35 centímetros por año, así como hundimientos de magnitudes tan grandes, de hasta más de 15 metros en los últimos 100 años, lo cual afecta la infraestructura en general y, particularmente, edificios patrimoniales, algunos de los cuales se han afectado por las características del suelo y su cimentación.
Es por ello que el Colegio de Ingenieros Civiles de México, presidido por Jesús Campos López, ha hecho un llamado para diseñar una política hídrica que detenga la sobreexplotación de los acuíferos y proteja nuestra infraestructura y nuestro patrimonio.
Es precisamente en esto último, donde la ingeniería civil y la arqueología van unidas. Primero, porque desde hace más de dos siglos, ha sido a través de obras de ingeniería que se han registrado los principales descubrimientos arqueológicos de la Ciudad de México, desde la repavimentación de la plaza mayor en 1790, en la cual se localizó la Coatlicue, hasta las obras de Comisión Federal de Electricidad de 1978 en las que se encontró la Coyolxauhqui, así como los numerosos hallazgos en la construcción de las diferentes líneas del Metro.
Al mismo tiempo de estos descubrimientos, particularmente de vestigios arqueológicos como el Templo Mayor, han permitido realizar estudios detallados de mecánica de suelos, para conocer la evolución y magnitud de los hundimientos por investigadores del Instituto de Ingeniería de la UNAM. Todo ello es información valiosa para la mitigación de hundimientos en la Catedral metropolitana, el Palacio de Bellas Artes, Palacio Nacional, con técnicas que se han replicado en otras partes del mundo, incluida la famosa Torre de Pisa, en Italia.
Ell conocimiento geotécnico del Valle de México ha sido clave tanto para comprender su historia como para entender sus desafíos actuales: un suelo altamente compresible, el hundimiento regional causado por la sobreexplotación de acuíferos y la compleja respuesta sísmica. Estos fenómenos afectan directamente a edificaciones e infraestructura, generando asentamientos que ponen en riesgo el patrimonio, sin embargo, la ingeniería mexicana ha tenido la capacidad para mitigarlos y brndar mantenimiento, tanto para los edificios históricos, como para la infraestructura en general, especialmente la subterránea.
Madres que administran el país: la estrategia financiera silenciosa que sostiene a México
En México, la conversación sobre finanzas personales suele centrarse en ingresos, inflación o acceso al crédito, pero rara vez pone en el centro a quienes realmente sostienen el equilibrio económico cotidiano: las madres trabajadoras. Actualmente, 17.5 millones de ellas no solo participan en la economía, sino que la administran con una lógica cada vez más estratégica. Siete de cada diez mujeres que trabajan son madres y, en muchos casos, son responsables de organizar gastos esenciales como alimentación, educación, salud o vivienda. En un entorno de presión constante sobre el costo de vida, su papel ha evolucionado de la simple administración del gasto a la toma de decisiones financieras más sofisticadas.
El contexto, sin embargo, no es menor. Más del 58% de estas mujeres se encuentra en la informalidad, lo que implica que más de 10 millones operan sin prestaciones ni seguridad social. Esta realidad las obliga a tener una disciplina financiera más estricta, donde deben anticipar, priorizar y decidir con información que se vuelve indispensable. Juan Manuel Ruiz Palmieri, quien está al frente de Círculo de Crédito, ha insistido en un punto clave, la estabilidad financiera de millones de familias depende directamente de la calidad de estas decisiones. No se trata solo de cuánto ganan, sino de cómo gestionan cada peso.
Lo relevante es que esta transformación ya está ocurriendo. La administración del hogar dejó de ser reactiva y se ha convertido en una estrategia donde deben entender los flujos de dinero, diferenciar entre gastos esenciales y ajustables, para crear colchones financieros y, sobre todo, utilizar el crédito con intención.
Lejos de demonizarlo, el crédito se posiciona como una herramienta que, bien utilizada, puede mejorar la calidad de vida y abrir oportunidades, desde educación hasta mejoras en vivienda. En el fondo, la diferencia no está en evitarlo, sino en usarlo con disciplina e información. Ese cambio de mentalidad, silencioso pero profundo, es uno de los motores menos visibles, pero más relevantes, de la resiliencia económica en México.
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