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Donald Trump: la construcción de un mesías

por El Consejero
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Donald Trump: la construcción de un mesías

No es un desliz. No es humor. Y mucho menos una casualidad. La imagen publicada por Donald Trump caracterizada como una figura de Jesús refleja su forma de entender el poder más allá de la ideología. La construcción de un mesías.

No deja de sorprender, pese a que no es la primera vez; desde hace años circulan imágenes en las que aparece como un superhéroe, como un comandante en guerra o como rey. Cambian los disfraces, pero el mensaje es el mismo: no es un político más, es un ser humano excepcional. Alguien destinado a salvar.

Es interesante que ya ni siquiera importe quién creó esas imágenes, él no solo las valida, las amplifica desde su propia plataforma Truth Social. Sin intermediarios. Lo relevante es que encajan con el personaje. No desentonan. Funcionan porque refuerzan una identidad política ya construida: la del líder que no compite porque se coloca por encima.

La novedad no está en el culto a la personalidad, sino en la velocidad y la naturalidad con la que hoy se construye. Antes hacía falta propaganda, control de medios, aparato del Estado. Hoy basta un prompt. Una instrucción breve puede producir en segundos lo que antes requería diseñadores, imprentas y censura.

En ese nuevo ecosistema, la frontera entre la ironía y la convicción se vuelve peligrosamente difusa. Puede iniciar como una broma o un meme, y terminar convirtiéndose en un símbolo. Puede parecer una exageración, pero termina normalizando la idea de que el líder no solo gobierna, sino que también redime.

Ahí es donde la política empieza a deformarse. Cuando un político empieza a ocupar el espacio simbólico, la discusión se desplaza. Ya no se le evalúa por resultados, decisiones o límites institucionales, sino por la fe que despierta. Criticarlo deja de ser un desacuerdo ideológico y empieza a percibirse como una especie de apostasía. El debate se diluye porque deja de ser racional para trasladarse al terreno de las emociones.

No es necesario que todos compartan esa narrativa. Basta que una parte la adopte con convicción y la otra la tolere como espectáculo.

El recurso no es nuevo. Regímenes como el de la Unión Soviética o la República Popular China, construyeron en el siglo XX una iconografía del poder en donde líderes como Joseph Stalin o Mao Zedong aparecían como figuras casi infalibles, encarnaciones del destino histórico. Pero aquella maquinaria requería control total. Hoy no. Hoy basta con que circule.

En estos tiempos la construcción simbólica del poder es más opaca, más caótica y, por lo mismo, más difícil de desmontar, porque su fuerza no está en la verdad sino en la repetición. Ahí es donde la inteligencia artificial introduce un cambio de escala. Ya no solo amplifica la imagen del líder; la multiplica hasta volverla omnipresente, resiliente, casi inevitable. Un día es héroe, otro rey, otro día mesías, distintos registros, una misma idea: es único e irreemplazable.

Que borre las imágenes o que reinterprete su contenido se vuelve irrelevante porque al final de cuentas no se trata de una imagen. Se trata de una idea que termina por sembrarse en el colectivo como una religión y así el mundo ha empezado a poblarse de falsos dioses.

Mineras, sindicato y organizaciones criminales

La semana pasada, el panel del Mecanismo de Respuesta Rápida (MRR) del T-MEC dio la razón a Estados Unidos, y determinó que la minera Camino Rojo, ubicada en Mazapil, Zacatecas, y propiedad de Orla Mining, utilizó al crimen organizado para amenazar a sus trabajadores sindicalizados, violar sus derechos laborales y que desertaran del sindicato minero.

La parte mexicana se manifestó en desacuerdo con la resolución, argumentando la Secretaría del Trabajo y Previsión Social que se abordaron temas ajenos a la libertad sindical y negociación colectiva, que corresponden al panel del T-MEC.

La postura mexicana se ve endeble, pero el caso se presta a suspicacias. A pesar de la gravedad de los señalamientos, no hubo denuncia formal por parte del sindicato minero ante las autoridades correspondientes -ni la fiscalía local ni la federal-, solo escritos dirigidos a la Secretaría del Trabajo y al Tribunal Laboral, y posteriormente a las Secretarías de Defensa Nacional y Marina, lo cual resulta extraño no solo por tratarse de probables delitos, sino que el gremio es el que encabeza Napoleón Gómez Urrutia, ex senador por Morena, uno de los dirigentes sindicales más poderosos en México.

A pesar de la resolución del panel del T-MEC, la falta de denuncia penal le resta credibilidad al reclamo de los mineros sindicalizados puesto que, de ser cierto, se trataría de un caso de complicidad entre la empresa con una organización delictiva, misma que no es identificada, de lo que derivarían responsabilidades penales y quizá hasta retiro de la concesión. Lo contrario deja la sospecha más de un ardid por parte del sindicato dentro del proceso de recuento de la titularidad del contrato colectivo de trabajo con la empresa.

Por otra parte, si bien no es deseable para ellas, las grandes empresas mineras con presencia a nivel mundial están acostumbradas a operar en contextos difíciles: gobiernos inestables, grupos armados, organizaciones criminales, falta de infraestructura; además de escasa regulación ambiental y laboral. Si bien México no es un caso extremo, otros hechos recientes evidencian cómo lidia la industria minera con crimen organizado.

Como se recordará, en enero pasado, diez empleados de la minera Vizsla Silver, fueron privados de la libertad en el municipio de La Concordia, Sinaloa, y posteriormente encontrados nueve sin vida, uno continúa desaparecido. De acuerdo a Omar García Harfuch, luego de capturar a cuatro probables responsables, integrantes de “Los Chapitos”, las víctimas habrían sido confundidas como integrantes de un grupo rival.

La semana pasada, en Chihuahua, una avioneta que transportaba a personal y un directivo extranjero de la minera Drummond Gold, aterrizó de emergencia en el municipio de Guadalupe y Calvo, Chihuahua, luego de ser baleada presuntamente por criminales, quienes posteriormente ubicaron la aeronave y la incendiaron. Los tripulantes lograron ponerse a salvo. De acuerdo al fiscal de Chihuahua, la agresión había sido resultado de una confusión.

Para nadie es un secreto que las mineras son objeto de extorsiones, cobros de piso y robos por parte de organizaciones criminales, los dos primeros delitos que difícilmente son denunciados por los riesgos que implica para los empleados y la operación de las empresas.

Se trata de actividades delictivas que, en tiempos difíciles en tráfico de droga y abasto de armas para las organizaciones criminales, se vuelven una fuente de recursos alterna que podrían explicar que las mineras están siendo víctimas de algo más que confusiones. De ahí a saltar a la colusión con delincuentes, como se sugiere en Zacatecas, sería una situación inédita en México. Difícilmente la fiscalía de Zacatecas encontrará algo por investigar basados en una nota periodística ¿El sindicato se animará a denunciar?

El tamaño sí importa… pero ya no es suficiente

En México, la preferencia por las grandes empresas no es una sorpresa, pero sí un síntoma revelador. Que el 77% de los trabajadores las elija como su opción laboral habla de una búsqueda persistente de certidumbre en un entorno económico y profesional que aún se percibe volátil.

Las grandes organizaciones representan, en el imaginario colectivo, estabilidad, estructura y crecimiento; sin embargo, reducir esta inclinación únicamente al tamaño sería simplista, lo que realmente está en juego es la necesidad de entornos laborales que ofrezcan previsibilidad sin sacrificar desarrollo personal.

Lo interesante es que, aunque el tamaño abre la puerta, no garantiza la permanencia. Los datos del “Termómetro Laboral”, de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, muestran que la cultura organizacional y el ambiente laboral son hoy lo más valorado por 6 de cada 10 trabajadores, lo que revela un cambio de fondo: el talento ya no se conforma con “pertenecer” a una gran empresa, sino que exige experiencias laborales significativas.

La reputación, los valores y la coherencia interna empiezan a pesar tanto como el salario o las prestaciones; en otras palabras, el contrato emocional ha cobrado una relevancia inédita.

Esta dualidad —preferir lo grande, pero exigir lo humano— plantea un desafío para las empresas en México. Durante años, el tamaño fue sinónimo de fortaleza organizacional; hoy, también implica una mayor responsabilidad en la gestión de la experiencia del colaborador.

Las grandes empresas tienen la ventaja de los recursos, pero también el riesgo de la rigidez y si no logran traducir su escala en culturas ágiles, cercanas y coherentes, corren el riesgo de convertirse en estructuras atractivas para entrar, pero difíciles de habitar a largo plazo.

La lectura de fondo es clara: el talento en México está redefiniendo lo que significa “una buena empresa”. Ya no basta con ofrecer estabilidad, se trata de construir espacios donde las personas encuentren sentido, bienestar y posibilidades reales de desarrollo.

Las organizaciones que logren alinear su tamaño con una cultura auténtica serán las que marquen la diferencia, porque al final, no es la dimensión de la empresa lo que fideliza al talento, sino la calidad de la experiencia que ofrece todos los días.

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