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El Niño, moshobi y kokushobi: cuando el clima nos obliga a cambiar hasta nuestro lenguaje

por Francisco Suárez Hernández
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El Niño, moshobi y kokushobi: cuando el clima nos obliga a cambiar hasta nuestro lenguaje

Por: Dr. Francisco Suárez Hernández. Director de Asuntos Públicos y Relaciones Estratégicas FEMSA. Ex Presidente del Consejo del World Environment Center.

Correo electrónico: francisco.suarezh@gmail.com

Cuando una sociedad necesita crear un nuevo término para describir algo que antes era extraordinario, estamos frente a una transformación que merece nuestra atención. Una palabra nueva dice mucho más que una estadística. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con el clima.

Dos fenómenos aparentemente distintos nos ayudan a entenderlo: por un lado, El Niño, uno de los grandes reguladores naturales del sistema climático mundial; por otro, el crecimiento del calor extremo que en Japón ha llevado a modificar el vocabulario meteorológico, primero con la palabra moshobi y ahora con kokushobi.

Uno nace en el océano y puede alterar las condiciones meteorológicas de buena parte del planeta. El otro se siente directamente en las calles, las viviendas, las fábricas y las ciudades.

(El Niño, nace en el océano Pacifico)

Ambos nos conducen hacia una misma reflexión: estamos en una etapa en la que comprender el clima ya es responsabilidad: empresarial, económica, social y de política pública.

El Niño vuelve a ocupar el centro de la conversación mundial

El Niño no es consecuencia del cambio climático. Es un patrón natural caracterizado por el calentamiento de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental.

Generalmente aparece cada dos a siete años y suele durar entre nueve y doce meses.

Sin embargo, está cambiando el contexto en el que se desarrolla.

El Niño de hoy ocurre sobre un planeta considerablemente más caliente que hace algunas décadas. Lo cual, amplifica algunos de sus impactos, porque océanos y atmósfera más calientes contienen mayor cantidad de energía y humedad disponibles para fenómenos extremos.

Esa diferencia es fundamental. Los mismos fenómenos naturales, actuando sobre una nueva línea climática.

El episodio 2023-2024 fue uno de los cinco más intensos registrados y junto con el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero, generaron las temperaturas globales récord observadas posteriormente.

Un océano que puede mover la economía mundial

Un cambio de temperatura en una región determinada del Pacífico puede modificar patrones atmosféricos a miles de kilómetros de distancia.

Contribuir a inundaciones en determinadas zonas de América del Sur y África oriental, e incrementar la probabilidad de sequías en regiones como Australia, Indonesia, África austral o partes de Asia.

Y cuando cambia la lluvia, cambia también la economía y condiciones bajo las cuales operan las cadenas globales de suministro.

El Niño debe observarse como un fenómeno meteorológico y entenderse también como un factor de riesgo económico y empresarial.

¿Qué tan preparados estamos nosotros para enfrentarlo?

Del pronóstico meteorológico al consejo de administración

Durante muchos años las empresas construyeron escenarios alrededor de variables como inflación, tasas de interés, tipo de cambio, crecimiento económico, costos de materias primas o riesgos geopolíticos.

Hoy debemos incorporar otra variable con mucha mayor profundidad: el clima.

Un episodio intenso convertir:

Una sequía prolongada en un problema energético.

Una inundación en una interrupción de transporte.

Una ola de calor en pérdida de productividad laboral.

Una reducción de la producción agrícola en inflación alimentaria.

El riesgo climático se transforma en riesgo financiero, operacional y social.

Las compañías necesitan mapas de vulnerabilidad climática de sus cadenas de valor. Transformar la información climática en estrategia empresarial.

Japón: cuándo 35 grados necesitaron una palabra

Japón ofrece un extraordinario ejemplo de cómo incluso el lenguaje está evolucionando para describir nuestra nueva realidad climática.

En 2007 se introdujo el término japonés moshobi para identificar un día con temperatura de 35 °C o más.

Los 35 grados dejaron de representar adecuadamente los extremos que Japón estaba comenzando a experimentar.

Y apareció una nueva necesidad lingüística.

En abril de 2026, la Agencia Meteorológica de Japón incorporó formalmente el término kokushobi para identificar jornadas de 40 °C o más.

Más allá de la traducción, el concepto es extraordinariamente revelador.

En menos de dos décadas Japón necesitó ampliar su vocabulario meteorológico porque la escala anterior comenzaba a resultar insuficiente para comunicar el riesgo.

(Día kokushobi y medidas que se toman en Japón para buscar minimizar en la población golpes de calor)

Estamos hablando de adaptación.

¿Cuál sería el moshobi de tú ciudad?

La experiencia japonesa nos deja una pregunta que me parece particularmente interesante:

¿Sabemos distinguir nuestro “moshobi” de nuestro “kokushobi” en las ciudades donde vivimos?

Pero millones de personas en Ciudad de México, Monterrey, Mexicali, Hermosillo, Madrid, Phoenix, Nueva Delhi, Roma, París, Atenas o muchas otras ciudades ya entienden perfectamente la sensación que describen.

El calor extremo se está convirtiendo en uno de los grandes desafíos urbanos de nuestro tiempo.

Según la “OMM” (Organización Mundial Meteorológica), México experimentó entre 1991 y 2023 uno de los ritmos de calentamiento más rápidos de América Latina. Durante el verano de 2023, diversas ciudades y regiones mexicanas superaron los 45 °C.

El concepto japonés puede entonces convertirse en una invitación universal.

El calor extremo también es un desafío empresarial

Aquí aparece nuevamente la conexión entre clima y negocios.

Las temperaturas extremas afectan directamente la productividad.

Un trabajador expuesto al calor excesivo necesita mayores periodos de descanso y enfrenta riesgos para su salud.

Las ciudades incrementan su demanda eléctrica debido al uso de sistemas de enfriamiento.

Los sistemas de distribución eléctrica enfrentan mayores cargas.

Las instalaciones industriales requieren más energía.

Las cadenas de frío se vuelven todavía más críticas.

Los alimentos se deterioran más rápidamente.

Los sistemas de transporte pueden experimentar afectaciones.

Y las comunidades vulnerables sufren desproporcionadamente porque no todas las personas tienen las mismas posibilidades de protegerse.

Por eso la adaptación al calor también debe entrar en la agenda empresarial.

Necesitamos instalaciones mejor diseñadas, eficiencia energética, horarios laborales adaptados cuando sea necesario, protocolos de hidratación y descanso, infraestructura verde, techos reflectantes, mayor arborización urbana, espacios de sombra y mejores sistemas de alerta temprana.

La adaptación climática también significa poner a las personas en el centro.

El Niño y kokushobi no son lo mismo.

Pero ambos fenómenos pueden interactuar.

Si esto ocurre sobre un planeta que ya se ha calentado considerablemente debido al cambio climático, podem/os encontrarnos frente a riesgos compuestos.

No debemos analizar los riesgos individualmente. Los riesgos se multiplican cuando interactúan.

Calor más sequía.

Sequía más incendios.

Calor más demanda energética.

Lluvias extremas más urbanización.

Escasez de agua más crecimiento demográfico.

El Niño más calentamiento global.

De reaccionar a anticiparnos

Tanto el World Economic Forum como la Organización Meteorológica Mundial han insistido desde distintos ángulos en la importancia de convertir la información climática en capacidad de anticipación.

El verdadero reto es convertir todos los datos en decisiones

Los líderes empresariales: deberían preguntarse periódicamente qué implicaciones tienen los pronósticos estacionales para sus operaciones.

Los gobiernos: deberían incorporar escenarios climáticos en infraestructura, salud, agua, energía, agricultura y protección civil.

Las ciudades: deberían identificar sus islas de calor y proteger especialmente a las poblaciones más vulnerables.

Prepararnos cuesta; no prepararnos cuesta mucho más

Tenemos que acelerar energías renovables, eficiencia energética, electrificación, economía circular, conservación de ecosistemas y reducción de emisiones.

Simultáneamente necesitamos hablar mucho más de adaptación y resiliencia.

Podemos reducir el calentamiento futuro, pero también debemos prepararnos para el clima que ya estamos viviendo.

Muchas inversiones en adaptación generan beneficios adicionales.

Más árboles significan ciudades más frescas, pero también mejor calidad del aire.

Mayor eficiencia energética reduce emisiones, pero también costos.

Mejores sistemas de agua aumentan resiliencia, pero también productividad.

Alertas tempranas protegen vidas, pero también reducen pérdidas económicas.

Cadenas de suministro diversificadas aumentan resiliencia climática y al mismo tiempo fortalecen la continuidad del negocio.

El lenguaje del futuro

Durante siglos creamos palabras para describir nuestro entorno.

Hoy el entorno está cambiando tan rápidamente que necesitamos crear nuevas palabras para describirlo.

Moshobi.

Un día de 35 °C o más.

Kokushobi.

Un día de 40 °C o más.

Y mientras Japón adapta su lenguaje, el Pacífico vuelve a recordarnos la enorme influencia de El Niño sobre el planeta.

¿Qué estamos haciendo hoy para evitar que lo extraordinario de ayer se convierta en lo normal de mañana?

(El Niño, moshobi y kokushobi)

El Niño nos enseña que el planeta está profundamente conectado.

Moshobi y kokushobi nos recuerdan que esas transformaciones globales terminan sintiéndose localmente: en nuestras ciudades, nuestras empresas, nuestros hogares y nuestros cuerpos.

El clima ya no puede ser solamente una variable que observamos, sino que anticipamos, administramos e incorporamos a nuestras decisiones.

Porque la verdadera resiliencia consiste en utilizar la ciencia, la tecnología, la colaboración y el liderazgo para prepararnos antes de que llegue una crisis y:

¡¡¡Requerimos millones de acciones sostenibles adicionales para asegurar un mejor planeta y futuro!!!

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