El fútbol tiene la capacidad de hipnotizar a millones de personas. Durante un mes, la pasión por la copa mundial se convierte en el centro de las conversaciones, las noticias y hasta las prioridades nacionales. Sin embargo, cuando el silbatazo final se escuche y el campeón levante el trofeo, la realidad volverá a imponerse con toda su fuerza.
Mientras los reflectores están sobre los estadios, el mundo no se detiene. La negociación del T-MEC avanza con tensiones que podrían redefinir el comercio en América del Norte. En Estados Unidos, las campañas políticas se intensifican rumbo a las elecciones, con un clima polarizado que tendrá repercusiones globales. Y en México, el descrédito del gobierno se profundiza, con una segunda mitad del año que promete ser turbulenta en lo económico y lo social.
El riesgo es claro: la distracción colectiva que genera el mundial puede hacernos perder de vista que las decisiones políticas y económicas que se toman hoy marcarán el rumbo de los próximos años. Cuando pase el Mundial, los problemas seguirán ahí, más urgentes y más complejos. El balón dejará de rodar, pero la historia continuará su curso.
La segunda mitad de 2026 será compleja: la revisión del T-MEC redefine el comercio regional, las campañas de medio término en Estados Unidos polarizan la política y México enfrenta un descrédito creciente por deuda y déficit fiscal. Estos tres frentes se entrelazan y condicionan la estabilidad económica y política del país.
En cuanto a las campañas políticas en Estados Unidos, sucederán las de de medio término en noviembre de 2026: se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, además de gobernadores y legislaturas estatales .
Cuando pase el Mundial, México enfrentará una tormenta política y económica: un T-MEC en revisión, una elección estadounidense que redefine la relación bilateral y un gobierno debilitado por deuda y descrédito. La pregunta clave es si el país tendrá la capacidad de negociar con firmeza y credibilidad en este entorno adverso.
La paz como marca registrada
Hay diferentes maneras de ejercer el poder. Hay quienes lo ejercen como una responsabilidad institucional, mientras que otros lo conciben como una prolongación de su propia personalidad. Donald Trump pertenece a esta segunda clase. Desde antes de llegar a la Casa Blanca construyó un imperio en el que su apellido no era únicamente un identificador familiar, sino un producto comercial.
Tal vez por eso resulta difícil creer que haya sido una simple coincidencia que eligiera el día de su cumpleaños número 80 para anunciar el acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán. Un acuerdo que, según lo anunciado, será firmado el próximo viernes en Suiza. El mundo entero ha observado cómo, en el universo político de Trump, el calendario no es un elemento más: es parte del espectáculo; la política exterior también puede convertirse en un elemento más de su narrativa personal.
Este nuevo capítulo invita a una reflexión más amplia. Durante décadas, las negociaciones internacionales se desarrollaron bajo una visión opuesta: discreción, protagonismo compartido y deliberada invisibilidad de los egos individuales. Los tratados se atribuían a los Estados y sus instituciones. En la era de la política hipermediática, sin embargo, la tentación es diferente: el objetivo ya no consiste solo en concretar un acuerdo; hay que lograr que el mundo recuerde quién fue el artífice. El producto importa, pero la marca importa todavía más.
Sin embargo, el pacto dejará una paradoja geopolítica que merece particular atención. Si se acepta que Israel fue uno de los principales impulsores de la escalada contra Irán, el desenlace es inesperado. El eventual convenio se negocia entre Washington y Teherán, mientras que el gobierno israelí observa el proceso desde una posición inesperadamente periférica. Es una escena que recuerda una vieja constante de las relaciones internacionales: las grandes potencias apoyan a sus aliados mientras sus intereses coinciden, pero solo hasta ahí.
No es un fenómeno nuevo. En su momento, Henry Kissinger impulsó la apertura de Estados Unidos hacia la China de Mao en plena Guerra Fría. La prioridad no era la coherencia ideológica ni la lealtad absoluta a determinados socios regionales, sino la reconfiguración del mapa en función de los intereses nacionales. La diplomacia de las grandes potencias suele ser, en última instancia, una diplomacia de cálculo.
La ironía es evidente. El dirigente que durante años cultivó la imagen de protector internacional de Israel podría presentarse ante la opinión pública mundial como el hombre que restableció el diálogo con el régimen iraní. Y quizá ese sea el verdadero significado político de la negociación: no la reconciliación entre dos enemigos históricos, sino la capacidad de un líder para convertir un acontecimiento internacional en una victoria de su narrativa personal.
En las antiguas monarquías era frecuente que las grandes ceremonias de Estado coincidieran con aniversarios, coronaciones o cumpleaños del soberano. El mensaje era claro: el destino del reino y el futuro del gobernante eran una misma cosa. Las democracias modernas intentaron sustituir ese simbolismo por el predominio de las instituciones. Sin embargo, la era de las redes sociales y del liderazgo personalista parece estar recuperando, bajo nuevas formas, aquella vieja tradición.
Al final, tal vez la mejor imagen que resuma este episodio será la de un tratado de paz firmado bajo el cobijo de un apellido convertido en marca. El mismo que ya aparece en hoteles, rascacielos y campos de golf en distintas partes del mundo. Y por qué no: para Donald Trump, incluso la paz puede terminar convertida en una marca registrada.
Logística: la ubicación geográfica no es suficiente
A pesar de ser una revisión, la del T-MEC ha sido uno de los momentos de negociación comercial más difíciles entre los tres países. En el caso mexicano, mucho se ha hablado de los sectores automotriz y energético, sin embargo, poco se ha abordado el que tuvo la mayor participación en las treinta mesas sectoriales de revisión en nuestro país sobre el tratado, y que fue el del sector logístico. Se trata de un mercado que generó más de 174 mil millones de dólares en el 2024, y se proyecta que supere los 273 mil millones de dólares para el 2030, es decir, un crecimiento anual promedio del 7 por ciento al 2030.
Derivado de la automatización y la reubicación de las cadenas de suministro, Norteamérica mantiene una posición logística dominante a nivel mundial. Solo en el caso de México, el nearshoring generó un incremento del 25% en la actividad de transporte transfronterizo de mercancías. Para nuestro país, la logística es estratégica al tratarse de un puente logístico casi natural: hace frontera con el mayor mercado del mundo y cuenta con costas en el Océano Pacífico y Golfo de México. Asimismo, México es el séptimo exportador mundial de bienes manufactureros, el primero en América Latina; ocupa el décimo lugar de los principales países exportadores de mercancías y el duodécimo en importaciones; es el principal socio comercial de Estados Unidos.
Sin embargo, hay que hacer énfasis en el “casi”, puesto que no basta la posición geográfica y que, si bien se tiene una infraestructura carretera, portuaria, aérea y ferroviaria considerable, se tiene un déficit de entre un 25 a 30 por ciento en infraestructura, de acuerdo a José Ignacio Aguado Hernández, director general de Innovación, Servicios y Comercio Interior de la Secretaría de Economía, quien abordó el tema con miembros del Colegio de Ingenieros Civiles de México. Es decir, no basta la geografía privilegiada, hay que invertir en infraestructura, para lo que se requiere planeación, diseño, construcción, operación y mantenimiento, en esto último tanto de la futura como de la pasada.
No por nada, la primer meta para 2030 en materia económica internacional de la actual administración, es consolidar a México como un hub logístico. Cabe señalar que la tendencia actual en el sector logístico es hacia mayor tecnología y digitalización, el análisis y la inteligencia de datos, automatización, así como la última milla centrada en la sostenibilidad.
Para el Colegio de Ingenieros Civiles de México, el país atraviesa por una coyuntura excepcional para consolidarse como el principal centro logístico industrial de América del Norte, impulsado por el nearshoring y por su posición como principal socio comercial de Estados Unidos, pero la cercanía geográfica por sí sola no garantiza el éxito: la competitividad debe constituirse mediante una política de Estado sostenida, con inversiones estratégicas en infraestructura, logística y conectividad.
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