Por años, la conversación sobre conciliación entre vida personal y trabajo se centró casi exclusivamente en las mujeres. Sin embargo, la realidad laboral hoy muestra que la paternidad también se ha convertido en un tema estratégico para las organizaciones.
Los resultados del Termómetro Laboral de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, revelan una señal clara: mientras uno de cada tres trabajadores logra equilibrar sus responsabilidades familiares gracias a esquemas de flexibilidad, otro porcentaje similar reconoce que aún enfrenta dificultades para hacerlo.
La figura del padre proveedor evoluciona hacia la de un padre presente, involucrado y corresponsable. Las nuevas generaciones valoran la posibilidad de participar activamente en la crianza de sus hijos sin sacrificar su desarrollo profesional.
En este contexto, medidas como horarios flexibles, teletrabajo o permisos parentales dejan de ser beneficios complementarios para convertirse en herramientas que fortalecen el compromiso, la satisfacción y la permanencia del talento en las organizaciones.
Lo que resulta relevante es que 6 de cada 10 trabajadores afirman que sus empresas no cuentan con acciones específicas para apoyar esta conciliación, lo que representa una oportunidad importante para las compañías mexicanas.
En un entorno donde atraer y retener talento es cada vez más complejo, las políticas de flexibilidad pueden marcar una diferencia competitiva real. No se trata solo de una cuestión de bienestar, sino de entender que colaboradores con mejores condiciones para atender su vida personal suelen mostrar mayores niveles de productividad, lealtad y motivación.
En el marco del Día del Padre, la reflexión para las empresas es sencilla: apoyar la paternidad no es un gesto simbólico ni una tendencia pasajera, es una inversión en cultura organizacional, en desarrollo humano y en sostenibilidad del talento. Las organizaciones que comprendan esta realidad estarán mejor preparadas para responder a las expectativas de una fuerza laboral que busca éxito profesional sin renunciar a su vida familiar.
Nafin-Bancomext y las cartas que tocan
Luego del nombramiento de Roberto Lazzeri como embajador de México en Estados Unidos, la presidenta Claudia Sheinbaum designó a Carlos Torres Rosas como nuevo director general de Nacional Financiera (Nafin) y del Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext).
Torres Rosas era secretario técnico del Gabinete de la Presidencia, cooordinador general de Programas para el Bienestar y, para más señas, amigo de la adolescencia de Andy López Beltrán, según reveló Carlos Loret de Mola en su columna de El Universal de ayer.
Con Carlos Torres en Nafin-Bancomext son ya tres cargos donde hay que administrar dinero público con amigos del hijo de AMLO. Están también Antonio Martínez Dagnino en el SAT, y Juan Carlos de Botton, ahora secretario de Finanzas de la CDMX y antes subsecretario de Egresos en Hacienda.
Además de la influencia de Andy hacia sus amigos, como la hay de otros connotados morenistas con integrantes de sus equipos y amistades, el principal problema de que adolecen las administraciones morenistas es que les sobran políticos y arribistas, pero le faltan los cuadros especializados, de los que requieren, más que una recomendación, una formación profesional, experiencia deseable o, por lo menos, rápido aprendizaje. Es decir, la tecnocracia que era robusta con el priismo y panismo -era la misma-, es raquítica con Morena.
El mejor ejemplo es el secretario de Hacienda, Edgar Amador Zamora. Vueltas de la vida, en el olvido quedó que fue secretario de Finanzas en el gobierno capitalino de Miguel Ángel Mancera, y posteriormente inhabilitado tres meses en 2021 -durante la administración de Shienbaum como jefa de Gobierno-, por irregularidades detectadas en el manejo de recursos destinados a la reconstrucción de la CDMX por el terremoto de 2017.
Otro caso es el de Martínez Dagnino en el SAT, a quien se ve fuera de la autoridad fiscal desde antes de que Sheinbaum tomara posesión, y ahí sigue, fuera de duro para cobrar impuestos, no hay señalamientos de corrupción, al igual que con Amador Zamora.
Las opciones dentro de Morena son escasas para la presidenta: tiene que recurrir o mantener a los pocos conocidos; sí a las amigas y amigos, porque ni modo de invitar a los enemigos; tratar de que el equipo se conforme con gente confiable, que se fogueé, esperando sean de confianza e, inevitables, los compromisos políticos.
No son las cartas deseables, pero son con las que hay que jugar.
Irán: America first
De pronto el paradigma parece haber cambiado. Durante años fuimos testigos de cómo cualquier negociación importante entre Estados Unidos e Irán pasaba por el tamiz de Israel. No hablamos de un derecho de veto formal, pero sí de una clara influencia.
Por esa razón la impresión que deja el principio de acuerdo alcanzado esta semana entre Washington e Irán no deja de sorprender. La novedad no es únicamente que hayan decidido negociar. La noticia es que lo hicieron dejando a Israel fuera de la ecuación.
Durante décadas, Benjamín Netanyahu convirtió la amenaza iraní en el eje de su discurso global. Ningún otro líder extranjero dedicó tanto tiempo y esfuerzo a persuadir a Washington de que Irán representaba un peligro para Occidente. Desde su perspectiva, cualquier acuerdo que permitiera a Teherán conservar capacidades sensibles terminaría fortaleciendo a un adversario que considera una amenaza para su existencia misma.
La extrañeza surgió cuando a la hora de decidir entre prolongar el conflicto o abrir una negociación, Donald Trump eligió hablar con Irán.
La decisión resulta sintomática porque no responde únicamente a consideraciones diplomáticas. También refleja una diferencia de intereses. Para Netanyahu, el objetivo ideal habría sido que la presión militar y económica continuara hasta reducir al máximo las capacidades estratégicas iraníes.
Para Trump, en cambio, el cálculo parece distinto. Una guerra prolongada implica riesgos económicos, incertidumbre y costos políticos crecientes. Un acuerdo, incluso imperfecto, ofrece la posibilidad de mostrar resultados inmediatos.
Eso no significa que Estados Unidos haya abandonado a Israel. La alianza sigue siendo sólida y difícilmente cambiará en el corto plazo. Pero muestra que, en estos nuevos tiempos, cuando Washington y Jerusalén dejan de coincidir plenamente, la Casa Blanca está dispuesta a tomar decisiones propias.
Para Israel la imagen es desoladora. Durante años logró influir, con notable eficacia en la manera en que la Unión Americana se relacionaba con Irán. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, parece estar observando una negociación cuyo rumbo depende de otros actores.
No es difícil que el acuerdo termine fracasando. Quizá las diferencias acumuladas tras varias décadas resulten demasiado profundas para sostener una paz duradera. Pero incluso si eso ocurre, algo habrá cambiado. En el fondo no se trata de que Estados Unidos haya decidido hablar con Irán. Presidentes anteriores también lo hicieron.
La verdadera diferencia es que esta vez Washington habló con Irán porque consideró que hacerlo servía mejor a sus propios intereses, aunque ello implicara dejar a su principal aliado regional en una posición poco habitual. La de espectador. Welcome to America: America First.
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