Por Alejandro Puente B., Presidente del Comité de Contenido del Encuentro Nacional COPARMEX y Director Ejecutivo de Relaciones Institucionales y Sostenibilidad de Gentera
México no se entiende sin sus emprendedores ni sin sus microempresarios. Son ellos quienes, todos los días, abren sus negocios para ofrecer productos y servicios a millones de personas en todo el país. Sostienen una parte fundamental de la economía nacional, generan empleo, dinamizan el consumo interno y, aun en los momentos más complejos, mantienen vivo el tejido productivo de México.
Nuestro país es atractivo para la inversión, las exportaciones y la integración en las cadenas globales de valor. Cuenta, además, con fundamentos macroeconómicos que han permitido mantener estabilidad en distintos momentos. Sin embargo, pocas veces colocamos en el centro de la conversación a quienes representan la verdadera base de la economía nacional. Los datos son contundentes: de acuerdo con el INEGI, existen más de 5.4 millones de unidades económicas en México y más del 95% son microempresas que generan una proporción significativa del empleo.
Hablar de emprendedores en México es hablar de movilidad social. Es hablar de hombres y mujeres que encontraron en el autoempleo una oportunidad para sacar adelante a sus familias; de jóvenes que transformaron una necesidad en una idea productiva; de personas que, frente a la falta de oportunidades, decidieron construirlas por cuenta propia.
El emprendimiento mexicano surge, en gran medida, de la necesidad, y esa es una diferencia fundamental respecto a otras economías. Mientras que en países desarrollados muchos proyectos nacen dentro de ecosistemas sofisticados de innovación, con acceso a capital de riesgo y redes consolidadas, en México millones de personas emprenden para subsistir, con recursos limitados, sin acompañamiento técnico y, en muchos casos, sin acceso al sistema financiero formal. Aun así, siguen adelante.
La historia económica reciente demuestra que, frente a las crisis, los pequeños negocios absorben buena parte del impacto social. Ocurrió durante la pandemia y continúa ocurriendo en un contexto global marcado por la incertidumbre, la desaceleración económica y la acelerada transformación tecnológica.
Pese a su relevancia, México mantiene una deuda histórica con sus emprendedores. Una deuda que no se mide únicamente en financiamiento, sino también en reconocimiento, políticas públicas, inclusión financiera, infraestructura y capacitación. Durante años, el acceso a instrumentos financieros ha sido limitado. Muchos emprendedores permanecen excluidos del sistema formal por falta de historial crediticio, garantías o ingresos comprobables, además de enfrentar barreras geográficas, digitales y culturales.
Aunque México ha avanzado en materia de inclusión financiera, todavía persisten brechas importantes, particularmente entre mujeres, habitantes de zonas rurales y Trabajadores informales. Millones de personas emprenden sin acceso a seguridad social, con escasa protección patrimonial y en condiciones de alta vulnerabilidad. Paradójicamente, son ellas quienes sostienen una parte importante del empleo y del consumo nacional.
México necesita cambiar la forma de mirar a sus microempresarios. No son actores secundarios; son protagonistas del desarrollo económico y social. No puede haber crecimiento incluyente sin ellos. Cuando una microempresaria accede a servicios financieros adecuados, mejora el desempeño de su negocio, invierte en la educación y el bienestar de su familia, genera empleo y fortalece su comunidad. En consecuencia, impulsa la movilidad social y el desarrollo económico.
Hablar de inclusión financiera es hablar de desarrollo. Hoy, los pequeños negocios necesitan mucho más que un crédito tradicional: requieren herramientas digitales, educación financiera, medios de pago electrónicos, seguros, mecanismos de ahorro, financiamiento flexible y acompañamiento cercano. Necesitan soluciones diseñadas desde su realidad.
Ese es uno de los grandes retos del sistema financiero mexicano: entender que la inclusión no puede construirse mediante soluciones homogéneas. El tendero rural no enfrenta las mismas necesidades que el emprendedor digital urbano; una comerciante por catálogo opera bajo dinámicas distintas a las de un pequeño productor agrícola. Atenderlos bajo esquemas tradicionales perpetúa exclusiones históricas.
Necesitamos una visión integral que coloque a los pequeños negocios como una prioridad estratégica nacional. Financiamiento, certeza jurídica, simplificación regulatoria, seguridad, conectividad digital, capacitación y fortalecimiento de cadenas productivas locales deben formar parte de una misma agenda. Apoyar a los emprendedores no es un gasto; es una inversión en estabilidad económica, desarrollo regional y cohesión social.
Ante oportunidades como el nearshoring, el fortalecimiento del mercado interno será determinante. Y ese mercado interno se fortalece cuando millones de pequeños negocios pueden crecer, contratar e innovar. En muchas comunidades, el pequeño comercio y el autoempleo representan la principal fuente de ingresos para miles de familias.
Reconocer el papel de las mujeres emprendedoras es fundamental. Millones de ellas han encontrado en el emprendimiento una herramienta de independencia económica, al tiempo que asumen responsabilidades laborales, familiares y de cuidado. Diversos estudios muestran que, cuando las mujeres acceden a servicios financieros, los beneficios se multiplican en salud, educación y bienestar familiar. Por ello, toda estrategia de desarrollo debe incorporar una perspectiva que favorezca su inclusión económica.
El futuro financiero de México dependerá de nuestra capacidad para incorporar a millones de personas al sistema formal mediante esquemas responsables, accesibles y sostenibles. La exclusión financiera no solo limita oportunidades individuales; también restringe el potencial de crecimiento del país. Un emprendedor sin financiamiento crece menos; un negocio sin herramientas digitales vende menos; una familia sin ahorro ni mecanismos de protección es más vulnerable.
No habrá crecimiento sostenible sin una base empresarial sólida. Y no habrá una base sólida mientras millones de pequeños negocios continúen enfrentando barreras estructurales. El siguiente paso debe ser construir una nueva generación de productos financieros centrados en las personas: más humanos, más flexibles, más digitales, pero también más cercanos.
Porque fortalecer a los emprendedores y microempresarios no solo significa apoyar a quienes generan riqueza. Significa fortalecer a quienes, todos los días, sostienen la economía real de México. #OpiniónCOPARMEX